El club de los cazadores solitarios. Por Pablo Natale

Para Sailor Monsalvo
el intendente Maigua y Fabio rápido y veloz

I. Hay una novela de Stephen King, creo que se llama “La zona muerta”. Su argumento es el siguiente: un tipo sale de juerga una noche. Va a un bar, va al parque, juega a la rueda de la fortuna (algo raro sucede), está con su amante, la pasa bien. Entonces, de vuelta a casa, tiene un accidente en la ruta. Sobrevive, pero queda en coma por muchos años. Cuando finalmente se recupera, el mundo es distinto: la amante se casó, el padre está muerto, la madre, medio loca. Como si fuese poco, tiene que hacer un enorme esfuerzo para salir de la posición fetal. Además, descubre que tiene el poder de anticipar la parte oscura y dolorosa del futuro. Acá empiezan a suceder cosas increíbles y ridículas: el tipo anticipa que un nene que está en el hospital va a morir calcinado en su casa (previene el accidente), anticipa que una médica va a morir aplastada por un caballo (previene el accidente), anticipa que su ex-amante se va a suicidar (habla con la ex-amante, tienen sexo en un pajar, la amante igual se suicida). Anticipa, también, que el candidato presidencial más honesto y más pro y seudo comunista (en esa época todavía se creía en eso) va a sufrir un atentado, se mete en las fauces de la mafia partidista, y ya no sé qué pasa porque el resto lo olvidé.

II. Empecé a dar talleres (de escritura) este año. Fue un tanto imprevisible, pero acá estoy. Hay muchos talleres de ese tipo en Córdoba. Esto hace tiempo me sorprende. Significa que hay muchos talleristas pero, sobre todo, que hay gente dispuesta a asistir. Bastante gente: hay talleres y clínicas todos los años, y supuestamente las personas circulan y todo se va renovando. Tengo un amigo que asistió a una Clínica de Narrativa en el transcurso de mayo y junio. La Clínica se dictaba los sábados a la mañana, un día horroroso, al menos para mí que todavía me creo joven o no estoy en condiciones de creer en otra cosa. Fueron cuatro encuentros, con cuatro “personalidades” del ámbito literario. Uno de los resultados de la Clínica (de pronto tiene sentido y cobra exigencia hablar de “resultados”) fue que mi amigo cobró conciencia de algunos recursos técnicos (¿pero no se puede hacer eso leyendo o navegando por internet?). Otro, que conoció cuerpo a cuerpo a personas que trabajan con la escritura (de pronto, parece como si la obra dependiera mucho de los sujetos que la producen, como si fuese sólo una extensión de ellos). Las dos consecuencias menos tangibles y más favorables fueron que mi amigo conoció otras experiencias y que le aumentaron las ganas de escribir. Recuperó un tanto el foco y la confianza. En otros casos –sé por este amigo y por otros más– incluso se llega a establecer un vínculo más o menos cotidiano con el resto de los asistentes a talleres y clínicas. Nacido en la comunidad momentánea de intereses (la vida espiritual, “artística”), basado en la relación horizontal entre asistente y asistente, se forma un grupo de amigos. Después salen, se juntan, hablan de libros. Algunos escriben, otros dejan de escribir, otros piensan que podrían escribir (o, más genéricamente, hacer arte) aunque por “x” razones no lo logran, no pueden dar de lleno. Es más o menos como si todos estuviesen en una sala de espera.

III. En la primera parte de la novela de Stephen King, el personaje está en coma en un hospital. Enfermo, casi muerto, sin poder hablar con nadie, sumido en los sueños, en el blanco Sueiro, la nada. Me interesa luego de que se despierta. Cuando está en la sala de espera, cuando cualquier persona está con otros en la sala de espera. Generalmente no hablan y leen revistas. Pero están, de uno u otro modo, enfermos. Clínicas, curadurías, talleres: las palabras mismas que designan estos espacios presuponen que algo está roto o malsano. Es estéticamente valorable creer en la perfectibilidad de una obra. Sin embargo, en la clínica-fábrica social en la que vivimos, donde el deseo de estados óptimos de salud y felicidad es indiscutido y nos atraviesa de parte a parte, se impone como (muy) obvio y evidente que es necesario curar lo que está enfermo y alejarse de estados de dolor, sufrimiento, rotura e infelicidad. En ese cruce de conceptos y de prácticas venidas de un lado (la salud) yendo a otro (el arte), es que creo necesario recordar algo: que hacer obra tiene que ver con el cuerpo: no con el nombre de la persona que lleva ese cuerpo (o es llevada por él), sino con un uso raro, poco frecuente, freak, de la postura corporal (estar sentado escribiendo, estar tirado pintando, cerrar la puerta y dejar abiertas las ventanas, que el frío entre y queme, y no ser concientes de eso, estar perdidos fuera de eso, y la enfermedad, que crece o vuelve, al igual que crece y vuelve una obra: Kafka tosiendo sin parar, Dostoievski con convulsiones en el piso, dictándole su obra a un fantasma).

Es decir: que hacer obra implica un estado de enfermedad. Y que no interesa salir de eso.

IV. Parte positiva de talleres y clínicas: reúnen personas en base a un interés (anormal) común (literatura, performance, cerámica, cítara), lo inventan y/o lo potencian. Sirven de transistores, canales de circulación de deseos, fuerzas, canales de multiplicación de energías. Parte negativa de talleres y clínicas: la homogeneización de lo dispar bajo un lineamiento estético (el del tallerista), su paralelo tangencial con los partidos de bochas. Otra parte negativa: que al servir de canales de comunicación de interés en un arte, comunican también el respeto por las reglas de ese arte (reglas que van desde el reconocimiento de géneros y las tradiciones hasta un uso “adecuado” de los instrumentos): justamente lo menos artístico (lo menos libre) y lo más artístico (al fin y al cabo, el arte es una institución más) que se puede hacer. Sala de espera. Médicos. Sedantes. Coma.

V. “La zona muerta”, el título de la novela de King, me hace pensar en los talleres, en las clínicas, en la zona que nos toca habitar (Córdoba, margen del desierto). Sirvan para perder dinero, energía, tiempo, sirvan o no para aprender, o creer en aprender, o desear, la cantidad de talleres y su repetición a lo largo de los años logra un efecto: continuidad, renovación, incremento en la producción y quizás un (¿leve?) interés por las artes contemporáneas locales. Hubo, por ejemplo, un taller de escritura mítico, además de los primeros talleres de la Tere Andruetto. El taller de Falco y Lamberti en Cirulaxia. De ese taller nacieron muchas cosas, entre otras, parte del trabajo de La Creciente. Las personas que asistieron produjeron obra, encontraron / crearon / creyeron en un espacio independiente para su circulación. Colaboraron. Después, cada una se desperdigó en el espacio, en el tiempo y en el deseo y ese ya es otro asunto. Otro momento mítico fue la Clínica que dictó Arturo Carrera en el CCEC. No por la calidad de la Clínica, sino por la formación casi espontánea de un grupo de trabajo y de futuras parejas explosivas. Poetas interviniendo los clasificados de la voz del interior. Uno que le dice a otro: “Soy Carlos”: Y le pasa unos poemas y al otro le estalla la cabeza.

VI. “El club de los cazadores solitarios”, me gustaría llamarlo. Un taller sin espacio fijo, sin coordenadas, sin tiempo, sin horizonte, sin dulce espera. Un nicho fantasma hecho del deseo, las obsesiones y el trabajo en soledad de cada cual. Una zona no muerta, un lugar desconocido en sentido institucional, no pensado como “escuela”, ni siquiera pensado como “lugar” por aquellos que le pertenecen: amigos, conocidos y desconocidos que en algún momento tuvieron vínculo con X taller o X clínica, que se relacionaron entre sí, y que a veces se encuentran, a veces se escriben, a veces recuerdan, otras veces proyectan. “El club de los cazadores solitarios”. Gentes que insisten en alimentar el monstruo enfermo, bello y solitario que esconden. Al que alejan de los demás, y después lo acercan. Y pasa el tiempo. ¿Y entonces? La rueda de la fortuna está rota: pasa el tiempo.

————

Sobre el autor:

Nacido en ruta interestatal Córdoba-Rosario. Profesor de español para extranjeros, C.L.L y músico indie. Actualmente coordina un taller de escritura en casa 13, los miércoles a las 20. Publicó “Un oso polar”, libro de cuentos, en editorial Recovecos. Participó en antologías y colaboró en diversas revistas. Prepara libro de cuentos para niños, libro de poemas, y su segundo libro, llamado “Observatorio”.

[Un Pequeño Deseo N°12 – Octubre 2009 – CasaTreceEdiciones – Córdoba, Argentina – http://casa13.org.ar/el-club-de-los-cazadores-solitarios-por-pablo-natale/]


Comments are closed.