Fraseo yuntero. Acerca de un coleccionismo de campo. Por Fabhio Di Camozzi

El mes pasado estuve en una muestra de Félix González Torres, en el Malba, en Buenos Aires.

Un amigo me pregunta:

– ¿Para qué llevas todo esto?, mientras señalaba los numerosos rollos de papel que yo cargaba bajo el brazo, más una bolsa llena de caramelos y otra con chupetines que traía en las manos.

– Los llevo para mi colección, le dije.

Ni bien dije eso, me sentí cargando tan absurdamente, en la puerta del museo, con una inmensa cantidad de objetos que había podido extraer de la muestra, al igual que la gran mayoría de las personas que habían visitado la exposición, y pensé ¿entendimos realmente la provocación del arte contemporáneo acerca del valor de las ideas?

Ya en casa, muy lejos del centro de arte que es Buenos Aires, me encontré con toda esta cantidad de material, de fragmentos de obra si se quiere, y entendí que fuera de ese contexto de legitimación, nada de eso pertenecía realmente al origen simbólico que a mí me interesa en el pensamiento de González Torres.

Suelo coleccionar ideas, me dije.

Repartí esa misma tarde los caramelos y los chupetines a mis clientes, en una dietética que tengo en Cruz del Eje, mientras pensaba en el même de la Caja Verde como concepto variable también de esta época.

Asimismo, recordé no haber visitado en Nueva York una muestra de Dan Flavin que había en el DIA Center porque no me importaron mis miramientos al respecto.

No obstante, conservo el catálogo de esa exposición seguramente del mismo modo (funcional) con el que el MoMA guarda los tubos color cereza con los que trabajaba Flavin (porque aunque se compraban en cualquier tienda, ya no se consiguen más, como las cajas de Brillo de Warhol o el urinario firmado por R. Mutt).

1- Hay ideas que son obras porque emocionan desde su cualidad de discurso (tal es el caso de cualquier entrevista a Kabakov, sobre todo si aparecen en una revista de moda). Y otras que tienen una caterva compartida entre objeto cualquiera e ideología (como el libro S, M, L, XL de Koolhaas). Hay también unos pensamientos que no necesitan más que de un simple relato acerca de sí mismos para ser arte (como los pararrayos de Walter De Maria).

2- Algunos compran y guardan cosas del arte, archivando de un modo canónico, como quien colecciona (…). Otros pagan a los artistas para que accionen y se queden con los derechos legales de esas situaciones como objetos de uso. Y coleccionan registros de esas transacciones. Hay personas que saben que coleccionan ideas y pensamientos en sí, sucediendo únicamente en ellos como obras de arte que el artista pretendió simplemente ocurran así. Y no cobran por eso. También hay coleccionistas de anécdotas acerca de por qué los artistas dejan de producir (coleccionistas de Bartleby´s) pero estos son asunto para otro texto.

Quien pretende hablar de coleccionismo debería saber que está sujeto al propio objeto del arte como un modo del presente para esta cuestión.

Joseph Beuys, por ejemplo, supo de esta situación y dejó explícitamente regulada la distribución de su obra: no se pueden, por ejemplo, subastar sus piezas pero si sus ideas.

Cada libro en donde aparece escrita la frase “todo hombre es un artista” es ya una pieza de subasta coleccionable, incluso.

Marcel Duchamp reunió casi la totalidad de su obra y gestionó dejarla como colección en el museo de Philadelphia porque sentía que lo mejor era que sus piezas estuvieran siempre interaccionadas entre ellas, pero también porque esta institución era el lugar que se comprometía a proteger su legado por más tiempo que cualquier otra (20 años, por contrato, después de su muerte).

Pregunta:

En Córdoba, ¿existe todo este tipo de coleccionismo?

Respuesta:

Podría existir, porque existen modos muy similares de producción de arte.

Córdoba no está fuera del mundo y no deberíamos seguir discriminando por circunstancias. Es más, ¡no deberíamos discriminar!

Este desplegable que hace Casa 13, por ejemplo, es coleccionable como arte, mínimamente. Pero es a partir del precio que le dan quienes lo publican, el valor que tiene. Y no me refiero a su precio sólo como costo para el intercambio. Digo que si consideramos que lo que se hace en Córdoba vale más como obra (…) cuando está en un museo en Buenos Aires o en Nueva York, o en plaza España, o a la inversa, es ahí donde empezamos a estar jodidos.

Pienso:

¿Tal vez muchos artistas y la mayoría de los coleccionistas cordobeses, en este sentido, conciben una colección como algo ajeno a la problemática de definición del arte local?

Digo:

Seguramente que el coleccionismo en Córdoba, en general, se considera asimismo como un funcionalismo diferido a la producción de sentido del arte producido coyunturalmente. ¿Cómo explicar si no que una colección aún se piense, desde esta generalidad, como una reunión de obras que vienen después del arte? Pensar de este modo, hoy por hoy, es casi ridículo.

El debate, en este sentido, en Córdoba, es pobre, porque sigue siendo muy escaso el límite de definición con el que se considera realmente algo como arte.

Si se reflexionara seriamente acerca del arte más actual ocurriendo en esta ciudad, y sus asuntos relacionales como objeto de identificación de época, pues bien, todo un contexto de posibilidades para el coleccionismo podría estar siendo desarrollado sólo con asignarle un valor de arte a lo que resulta de estas maniobras, en nuestras prácticas reales, haciéndolas muy probables de ser coleccionadas porque estarían teñidas de una disposición perdurable como estrategias de hecho, escrutables y exiguas, que en sí mismas hacen hoy, como característica, al arte más actual.

Tal vez sólo sea cuestión de abandonar el llanto y empezar a actuar consecuentemente, pero tal vez no sea yo quien hoy pueda aquí asegurarlo.

[Un Pequeño Deseo N°9 – Diciembre 2008 – CasaTreceEdiciones – Córdoba, Argentina – http://casa13.org.ar/fraseo-yuntero-acerca-de-un-coleccionismo-de-campo-por-fabhio-di-camozzi/]


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