Sin título. Por Eloísa Oliva

Había decidido no escribir más. Había decidido conseguir un trabajo, cualquiera, en cualquier lado y trabajar trabajar trabajar, olvidarme de todo y trabajar.

Hacía seis meses había vuelto a vivir a Córdoba y, como tantas otras veces, me mostraba su peor perfil.

Entonces me llegó una revista por mail. Había una convocatoria para una residencia. Una convocatoria que me incluía porque estaba destinada a todas las disciplinas artísticas y no sólo a las artes visuales. Al final del texto, casi escondido, decía:

“Como desde chica me gustó tener extranjeros en casa, mi hijo se fue a vivir con amigos y quedó su cuarto vacío.
Helmut Batista. Y Publicidad de Caña Legui, porque le habrán puestou cabaios”

Era una frase enigmática en medio de una revista bastante previsible. Era parte de esa convocatoria que exigía, no un megaproyecto rimbobante, sino un archivo con obra, motivos para postularse, y un gusto obligado por los animales.

La única residencia a la que fui es esa: RUSA (Residencia 1Solo Artista), ideada por la artista rosarina Claudia Del Río. El motivo para generarla: la importancia que tuvieron las residencias en su propia formación artística, y la voluntad no sólo de compartirlo, sino de hacerlo posible para otros.

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Repaso el cuaderno de notas de esa época. Encuentro una placidez lúcida, una seguridad del tiempo disponible para detenerse en los detalles, explayarse, mirar todo y pensar. Anoto observaciones sobre el jardín al que da mi ventana, sobre la ciudad y la casa que me hospedan, sobre mi poesía y el trabajo que pienso emprender. Hay también pensamientos sueltos sobre la vida, el arte, la muerte, los animales. Poemas copiados de los libros de Claudia: Ho chi Min y Hugo Padeletti, anotaciones sobre el arte zen y el taoísmo. Cosas que había olvidado por completo. Son las notas de un estado de atención.

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La mayoría de las personas que tratamos de sostener la producción de una obra enmarcada en alguna disciplina artística, nos vemos obligados a vivir un tiempo fragmentado, y, sobre todo, a sacrificar el tiempo libre para poder producir, incluso para gestionar. Eso lo sabe todo el mundo. Pero es ahí donde creo en las residencias como el único tiempo/lugar que nos ofrece la posibilidad de una vida “normal”: una parte del día destinada al trabajo, el que sentimos como  nuestro verdadero trabajo, y otra parte para el ocio. Un estado ideal de concentración, continuidad y descanso físico. Ligeramente olvidados del mundo exterior, o por lo menos con la posibilidad de estarlo.

En ese sentido la residencia es -más allá de un espacio de intercambio, y de la posibilidad de viajar sin un sentido únicamente turístico (no excluyo que haya algo de voluntad turística y tampoco me parece censurable)- una combinación justa entre vacaciones y temporada de trabajo.

Como parte de esta temporada de trabajo, si el artista invitado se lo permite es el ámbito ideal para examinar y confrontar la propia producción, y las ideas sobre las que se articula y descansa toda su perspectiva artística.

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Los que escribimos tenemos pocas ofertas para hacer residencias. En realidad casi ninguna. Es algo que personalmente lamento, aunque más lamento la falta de residencias en general, no sólo para los escritores. Lamento la ignorancia de las políticas culturales hacia todo lo que se refiera al proceso de construcción de una obra, a la construcción de una red de intercambio artístico y no sólo a la exhibición pública. Porque esos quince días en un terreno no cotidiano me permitieron pasar jornadas completas sumida en la búsqueda de una palabra. Algo bastante inútil, si se lo piensa con frialdad, pero para mí bastante necesario.

Esos quince días rosarinos, compartidos con una artista convencida de su trabajo, pero abierta al diálogo, al intercambio y a continuar eternamente un proceso de aprendizaje de alguna manera, me devolvieron la fe. La fe en escribir, en volver a mirar el mundo desde mi perspectiva, en la importancia de derivar horas por la conversación o la ciudad, y sentir que, al menos para un grupo de personas, eso tenía sentido. Para terminar copio uno de esos poemas que quedaron en mi libreta:

La rueda de la ley
gira sin pausa.
Después de la lluvia, buen tiempo.
En un abrir y cerrar de ojos
el universo se despoja
de sus vestidos embarrados.
El paisaje se extiende como un brocado maravilloso
por más de diez mil millas.
Brisas suaves, flores sonrientes.
en los árboles, entre
las hojas brillantes
todos los pájaros cantan al unísono.
Los hombres y los animales se levantan renacidos.
nada más natural:
Después de la pena viene la alegría.

(Ho Chi Min)

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Sobre la autora:

Eloísa Oliva es poeta. Nació en 1978. Actualmente vive en Córdoba.

[Un Pequeño Deseo N°10 – Julio 2009 – CasaTreceEdiciones – Córdoba, Argentina – http://casa13.org.ar/sin-titulo-por-eloisa-oliva/]


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